Maratón de Sevilla: finisher!!!

Ya había comentado que estaba muy nervioso en los días previos al maratón. Nervios típicos de las competiciones, supongo. Además, al despertarme me noté un molesto dolor de garganta: “Ya verás cómo no podrás tragar ni aguar”. Vamos, que había empezado bien el día.

De tripas corazón, así que me levanto y desayuno un café con leche y un croissant. Demasiado poco, como descubriré más tarde. Me visto con mi camiseta de la suerte, los imperdibles y el dorsal ya estaban colocados desde el día anterior, así como los calcetines y el pantalón-malla corto, que me esperan. Vaselina para las rozaduras, esparadrapos en zonas de roce y a la calle.

Hace un frío que pela y no hay nadie en la calle, menos mal que llevo guantes (una vez más, gracias Tony). Para ir al estadio de la Cartuja no hay autobús; el día anterior me he informado en todos los sitios posibles (buseros, organizadores del evento, oficina – cerrada – de Turismo) y nadie ha sabido decirme si iba a haber las líneas regulares del C1 y C2. En fin, toca parar a un taxi que, al final , tampoco ha costado tanto (unos 6€).

Acercándome al estadio, ya se nota (no son ni las 8.30) los corredores desperezándose, calentando a más de una hora de la carrera, cosa que yo, personalmente, no entiendo. Si es por domar los nervios, bien; si es para calentarse, pues, no lo pillo.

Entro en el recinto y veo el túnel por donde entraré unas horas más tarde. Emociona ver esos sitios que sólo has visto en la tele, en las grandes competiciones y que jamás habría pensado que yo también pisaría. Intento no involucrarme en estos pensamientos demasiado emotivos y salgo a las pistas.

Ya hay familiares apostados en la grada: si ésta no es afición, que baje Dios y lo vea. Que nosotros estemos ahí es lógico y normal; que los familiares hayan dejado las sábanas a estas horas del domingo, sólo demuestra cariño y pasión por este deporte de correr en paños menores.

Paseo y paseo hasta que se hacen las 9 y voy a dejar mis pertenencias a las consignas, muy bien cuidadas por los voluntarios (TODOS unos cracks, TODOS, con mayúsculas). Ya es hora de calentar aunque casi no cabemos en las pistas. Por fin, llegan las 9.30 y salimos. Bueno, eso de salir es un decir: somos tantos (unos 5.500) que nos atascamos más de una vez. De hecho, mi primer km lo hago en unos 7’30”. Me tranquilizo y descubro que el calor que en los días anteriores se había escondido, ahora ya estaba presente, para amenizar la carrera.

Ya caen los primeros km y empiezo a sentirme bastante cómodo; casi sin notarlo, ya han pasado los primeros 10km y cruzamos uno de los puentes para dirigirnos hacia el centro de Sevilla. Sol, gente animando, policías locales en cada cruce y todas las avenidas para correr: esto es un sueño. Hasta el ritmo empieza a hacerse más interesante y, en algunos tramos, estoy por debajo de los 5’30”/km. Si sigo así…

Bebo en cada avituallamiento, no quiero que me pase lo de Vitoria. En el km 18 me espera mi mujer, para la foto de rigor: me siento bien y se lo digo, para que no se preocupe. De repente, sobre el km 19, siento algo raro en mi pie izquierdo. Bajo la vista y veo un charquito de sangre. “Sólo espero que sea una ampolla y que no vaya a más“. Un par de km después, hasta me olvido de este pequeño incidente.

Paso la distancia de la media e intento seguir el consejo de mi amigo Tony: “Si estás bien, entre el 20 y el 30 es cuando tienes que apretar“, y eso hago. Estoy constantemente por debajo de los 5’30”/km y no me lo creo ni yo. Llegamos al Estadio del Betis y empieza una reta larguísima con lo que me pareció una pequeña inclinación.

Km 31: ¡¡¡HAMBRE!!! Que tengo hambre, pero ¿a quién se le ocurre tener hambre en plena carrera? Ahora es cuando pienso en el desayuno y en lo poco que he cuidado la alimentación. Ayer no cené pasta y hoy he salido con un pequeño gel de frutas. Los km empiezan a hacerse largos y no valen ni los ánimos de la gente. Empiezo a perder ritmo de carrera y, francamente, me jode mucho. He llegado hasta aquí con una perspectiva de ensueño de bajar de las 4h. En realidad, si me lo dicen antes de la carrera, no me lo creo, pero llegados hasta aquí…

Noto que las cosas van mal porque me noto la cabeza un poco embotada y entonces, al primer avituallamiento que encuentro, dejo de correr y empiezo a andar y comer naranjas, la fruta que menos me gusta. Tengo tanta hambre que pienso en pararme en un bar y pedir una chocolatina y pagarla después.

Nada, que el ritmo baja, pero estoy cada vez más cerca. No vuelvo a dejar de correr hasta el km 40, ya a las puertas del estadio. Otra vez andando, pero esta vez más tranquilo: sé que lo he logrado y sé que voy a batir mi marca.

41… 42… bajada al túnel (¡¡¡como en la tele!!!) y salida a las pistas. Y ahí está mi mujer, tan orgullosa de mi crono como yo. Reta final y ¡¡¡meta!!!

4h14’29”, marca personal, recorrido maravilloso, avituallamientos para dar y tomar, público animando todo el tiempo, patinadores con spray anti lesiones… ¿Qué más se puede pedir?

Ya en casa, toca descansar, saborear en la memoria esta carrera y descansar un poco. Creía que dejaría pasar un rato antes de plantearme la próxima carrera pero, después de pasar por Kynesit, ya veré en qué me meto. ¡Soy un finisher!

Fotos

Se habrá notado que no soy un amante de las fotos, pero toca poner algunas, que ya va siendo hora.

1. Un campeón y menda.

Un verdadero crack

Gracias Martín

2. “Un uomo solo al comando”.

Los últimos metros

3. En la meta y feliz: grazie Piccolina.

Grazie Piccolina

4. Fotos de la organización.

Pues, sí, ha sido duro

5. Mi “trofeo” más prestigioso.

Qué se puede pedir más a la vida?

Cómo perder la forma en 23 días

En esta época en la que empieza la temible “Operación bikini“, yo he ido a contracorriente (como casi siempre). Mientras todo el mundo sale a correr y en el parking del Decathlon (por no hablar de los pasillos) no cabe un alfiler, yo me he tirado 23 días a la bartola.

Desde que terminé el Maratón de Vitoria el pasado 8 de mayo, había calzado las zapatillas sólo para ir a dar un par de paseos alegres, con micro trotes de 2 minutos, acompañando a mi mujer. Después estiramientos, flexiones, dorsales y abdominales, pero poco más.

Así que ayer, convencido un poco por el aburrimiento, otro poco por las ganas de correr y otro poco más por este clima inusitadamente fresco de Alicante en estas fechas, me he calzado mis nuevas Asics Gel-Kayano 16, me he ido correr. Y, justo al lado de la puerta de mi casa, una más que desagradable experiencia que os cuento.

Al salir del portal, paso en el medio de un grupo de unos 5 o 6 chicos de una etnia minoritaria, históricamente desfavorecida y marginada socialmente, muy arraigada en el territorio alicantino. Pues, a estos chicos, mi sobrepeso y los “leggis” (no sé, interpreto que se trataba de los pantalones ajustados, que no eran éstos, pero bastante parecidos) les han hecho la suficiente gracia como para hacérmelo notar, ya que tampoco estaban tocados por el don de la discreción.

Imaginaos la escena: yo 41 años, y ellos no más de 15. Opciones:

A. Darse la vuelta y emprenderla a hostia limpia. Hubiera sido un espectáculo poco digno y bastante violento, sobre todo para ellos.

B. Seguir andando, haciendo que no he oído, mientras todos sabemos que he oído, y bien.

C. Darse la vuelta y analizar con ellos las razones de su malestar, el porque de su rechazo a las normas sociales generalmente aceptadas (educación y/o urbanidad, menudos “palabros”) y esa confusión que te trastorna cuando eres adolescente.

D. Darse la vuelta y llamarles “Pertenecientes-a-una-etnia-minoritaria,-históricamente-desfavorecida-y-marginada-socialmente” de mierda, os voy a partir la cara. Y pasar, después a la Opción A.

Evidentemente, he optado por la Opción B, aunque no tengo claras las razones. Les sigo dando vueltas y tampoco tengo muy claras las motivaciones de esta elección, pero el caso es que así fue y empecé a correr. Tenía pensado dar una vuelta de unos 7,5km, así, como quien no quiere la cosa, total, si yo soy un finisher, esas distancias minúsculas me dan la risa floja.

Pues, no que no me la daba la risa floja. He tenido que acortar el entrenamiento y cambiar el recorrido por uno más corto, de 4,83km, que he recorrido, no sin dificultad, en 29’15” (6’03”/km).

¿Qué ha pasado? Pues, que no es bueno descansar tanto tiempo (3 semanas), en las cuales, además, me he dedicado a comer más de la cuenta. Y poca excusa puede ser la de haber tenido mi madre en casa, que no ha hecho otra cosa que cocinar TODOS mis platos preferidos (y son muchos), amén de rellenar hasta lo inverosímil el congelador con comida para los próximas semanas.

Así que ya estamos empezando otra vez un régimen un poco más sano y volviendo, paulatinamente, a correr por lo menos 3 veces por semana. Y que el próximo entrenamiento sea, por lo menos, de 7,5km.

Próximas decisiones: decidir entre participar en el Maratón de San Sebastián o el de Valencia.

Después de mi maratón: sigo descansando

Hace ya 10 días que terminé el Maratón de Vitoria y todavía no me he puesto las zapatillas. Es como tomarme unas vacaciones, me las merezca o no.

Además, estoy siendo meticulosamente mimado por mi madre que me está preparando todos mis platos preferidos: alcachofas, alitas de pollo (lo sé es malo, pero…), pasta e fagioli y un largo etcétera.

En este fin de semana que se acerca sí que empezaré a calzar de nuevo mis zapatillas, unas nuevas y flamantes Asics Gel Kayano 16 que me compré en Vitoria. Pues, sí, he traicionado a mi marca preferida de New Balance para probar otras zapatillas que no me vuelvan loco a la hora de encontrar nuevos modelos.

En estos días, también me ha dado tiempo de aumentar mi amigos de Twitter (@2011run4free), sientiéndome particularmente orgulloso de Miquel Pucurull que, con sus 73 añitos, todavía le da a esos de los maratones.

Por cierto, como link que demuestra la perseverancia en el deporte, os dejo éste tal John Stone que en un año ha remodeado su figura. Curioso también el vídeo en time lapse. Poder es querer, aunque mi estado actual se parezca más a la primera foto del británico.

Keep on runnin’

Mi primer maratón: daños colaterales

Ya han pasado dos días desde el Maratón de Vitoria y sigo con la medalla al lado del ordenador. Tarde o temprano se me pasará la tontería, al fin y al cabo, hay un montón de finisher por ahí y yo soy sólo uno de tantos.

Este post es sobre algunos daños colaterales producidos en mi cuerpo por semejante esfuerzo de acabar un maratón.

Aviso a navegantes: NO soy médico y este post NO es para dar consejos médicos. NO busquéis en Internet y, si tenéis problemas, acudid al médico.

En mi caso he sufrido, a parte de las clásicas ampollas en los pies, cuyo tamaño era desconocido para mí, de una leve rabdomiolisis. Para saber qué es, podéis acudir a la Wikipedia. En palabras de andar por casa, la orina es bastante más oscura. Tengo que admitir que si no hubiera tenido un médico en casa, me hubiera ido corriendo a Urgencias porque, la verdad, asusta un poco.

Como sé que la causa es un ejercicio excesivo, sólo hará falta beber muchos líquidos (no sólo agua, sino también bebidas isotónicas, no vaya a ser que me dé una hiponatremia) y descansar.

Cosas que pasan cuando uno quiere perseguir un sueño a toda costa y no sabe exactamente el precio que debe pagar.

Mi primer maratón: soy un finisher!!!

Todavía no me ha pasado el subidón por haber terminado mi primer maratón y poder definirme, con pleno título, finisher.

Intento poner un poco de orden en mis emociones cuando sólo ha pasado un día desde que arranqué en la línea de salida del Maratón de Vitoria, ayer 8 de mayo.

Para empezar, tengo que admitir que llevaba unos días muy nervioso, durmiendo mal y sin concentrarme excesivamente en el trabajo. Menos mal que mi mujer me ha acompañado en todo momento.

El sábado, ya instalado en el hotel, salgo a dar una vuelta de 5km, más que nada para quitarme la tensión y ver cómo estaba. El resultado no fue muy satisfactorio, pero lo achaqué a los nervios permanentes. Además, hemos aprovechado el día para recorrer la maravillosa ciudad de Vitoria, con sus tapas y garitos. No me he pasado mucho, pero no he perdonado un bacalao con salsa de calamares, que estaba riquísimo. Por la noche, buscamos un restaurante italiano, por aquello de hacer acopio de carbohidratos. Al final, nos fuimos a “L’Oliva” que está bien, pero un pelín más caro de lo que en realidad merece.

Y por fin, llegó el Día D. Como siempre, en los últimos días, he dormido mal y me he despertado varias veces. A las 7 he decidido levantarme y bajar a desayunar. El salón estaba repleto de corredores y me tocó sentarme en una mesa al lado de una pareja que no paraba de hablar. Yo que necesito silencio para concentrarme, encontré las continuas charlas un poco gargantes, pero cada uno combate el stress como puede.

Vuelvo a la habitación, me embadurno de crema, con un stick que ha demostrado ser muy eficaz. Además, he descubierto unos parches (de uso hospitalario) que vienen muy bien y que deberían estar en el botiquín de cualquier corredor pasado de peso. Desde luego, a mí me ha salvado de esas molestas rozaduras que llegan a hacerte sangrar.

Línea de salida. Un poco caótica, la verdad. Al final, un veterano (rondaría los 60, pero estaba hecho un figurín) me da los últimos consejos. “No te pases al principio. Yo lo hice en mi primer maratón y lo pagué“. Con esa frase en la cabeza, dan el pistoletazo de salida y “nos vamos p’allá“.

Sobre el km5, me engancho con una pareja que van a un ritmo de 6’/km y decido quedarme. Hasta nos da tiempo a charlar del trayecto, de las pasadas carreras, de cómo va a ser esto… “Esto es algo muy largo…“. Escucho la frase, pero sólo más adelante le daré el verdadero sentido a estas palabras. Siento no recordar el número de los dorsales, pero os agradezco mucho la compañía. Sobre el km15 noto que voy demasiado lento para mi ritmo, me disculpo y me adelanto un poco. De hecho, sobre el km20, la pareja se separa y el chico me adelanta sin problema, mientras que la chica se queda atrás. En todo caso, como hay muchos sitios donde los corredores se cruzan en los distintos carriles, nos seguimos dando ánimos cada vez que nos cruzamos.

KM25. Es cuando empiezo a sentir que puedo terminar. Voy lento (6’/km), pero me siento bien. Hasta me da tiempo a sacarme una foto con mi mujer y ella también se alegra de verme con fuerzas. A partir de ese momento, es cuando empieza la carrera de verdad.

En cada avituallamiento, he comido y bebido. Tenía pensado seguir corriendo mientras bebía, pero he entendido que, para mí, eso no tenía sentido. Así que, cada 5 km bebía y comía andando.

Admito haber probado una rara sensación cuando he empezado a ver las marcas de los 30 y tanto kilómetros. Yo nunca había estado en esos territorios. Los tramos de las afueras eran bastante inhóspitos, con largas retas a pleno sol y casi nadie en los bordes de la carretera. Es en ese momento cuando he decidido machacarme como fuera y no andar, cueste lo que cueste. Tenía la sensación que, si paraba, no volvería a arrancar. Llegar al km 35, solo, a pleno sol, ha sido un verdadero calvario, pero poco a poco, lo consego.

Y de repente, el km36 y la clara sensación de haber acabado la gasolina. “Joder, sólo faltan 6 km, no puedo parar ahora“. Otro avituallamiento, ya en una avenida arbolada y en cuesta. Por cierto, cuántas cuestas!!! Por lo menos, aquí no había viento, al contrario de las zonas de las afueras. Ahora sí que decido andar, entre el km37 y pico hasta poco antes del km39. Por cierto, andar hace que sienta un dolor horrible en los pies. Cada paso que doy es como darme un martillazo en los pies. Mejor correr que seguir caminando, duele menos.

Por fin, empieza la cuesta abajo (o eso me parece a mí) y empiezo a correr con todo lo me queda, que no es mucho. Vuelvo hacia el centro de la ciudad, pasando por debajo de las líneas del tren. ¡Lo que se agradece la sombra! Un par de curvas donde no paraba de preguntar a la gente dónde diablos estaba la línea de meta. Y, al final, la veo.

Ahí estaba mi mujer, sonriendo y sacando fotos. Estoy feliz, radiante y con una sonrisa de oreja  a oreja. Meta: 4h 45′ 17”. Me cuelgan una medalla y una chica, muy amablemente, me quita el chip de las zapatillas y me ata los cordones. Gracias, no creo que habría podido hacerlo yo solito.

Mi ropa está casi seca, pero acartonada por el sudor que he perdido. Me encuentro con el chico de la pareja que me ha acompañado al principio y le doy las gracias por haber tirado del carro. Se nota que es un corredor acostumbrado a otras marcas y que se ha sacrificado por ayudar a los principiantes. Cómo son los corredores: es imposible imaginarse este compañerismo en otras disciplinas deportivas.

Mi mujer me guía hacia la plaza del Ayuntamiento, donde hay bebida y la zona de masajes. De cintura para abajo, me duele todo y me tumbo en el suelo de la plaza. Sigo siendo el foco de la cámara de mi mujer y me da tiempo a disfrutar del sol y de la felicidad de haber terminado.

La cola para los masajes es un poco larga, pero necesito que me alivien el dolor que siento en las piernas, así que espero pacientemente. Cuando me bajo de la camilla (por cierto, GRACIAS chicas), ya me siento mejor. Nos vamos al hotel y saludo a la chica de la pareja, que ha llegado poco después que yo, pero entera y sonriente.

Ducha, maletas y camino a casa. Casi 800km de vuelta en coche, pero la adrenalina puede con todo. Son las 12 pasadas cuando nos metemos en la cara y a mí no se me borra esta sonrisa tonta de saber que soy un finisher. Hasta la próxima y GRACIAS a todos por los ánimos y la ayuda. Ha sido una experiencia fantástica que espero repetir.

Pánico

Si no lo cuento, reviento. Además, espero que poner estas sensaciones por escrito me ayudará a desahogarme.

En las últimas sesiones de entrenamiento, he notado algo que no había probado antes en los entrenamientos: pánico.

Es esa sensación de que no puedes dar ningún paso más, que te falta el aire y que todo es un desastre. La sensación ha sido tan fuerte que he tenido que interrumpir una sesión y dejarla a medias. ¿Qué está pasando?

Bueno, no soy ningún genio del auto análisis, pero es fácil deducir que se trata de un ataque de pánico frente a la próxima prueba del Maratón de Vitoria. Como demuestra mi Plan de Entrenamiento (Plan de Entrenamiento), me he dejado varias sesiones (sobre todo las importantísimas tiradas largas) sin realizar y me han faltado por lo menos dos semanas de entrenamiento.

Con este bagaje, me presentaré en Vitoria y me probaré. Ayer salí a rodar unos 7,5km (5’40”/km) para ver qué sensaciones tenía. Los primeros 3 km han sido un poco desagradables, viendo que una vez más me faltaba el aire. Después, afortunadamente, me he relajado y hasta he apretado un poco el ritmo.

He pensado que, junto con la música, correr es una de mis pasiones y no puedo pasarlo mal sólo porque tenga una cita importante por delante. Con esos pensamientos, me he distraído un poco, me he mirado alrededor y he visto a unos cuantos corredores que trotaban por ahi. Curioso: cuando volví a correr hace unos 3 años, en mis trayectos por Alicante, no me cruzaba con nadie. Ahora somos muchos los que pisamos el asfalto, intentando quemar grasas, mejorar la resistencia, relajarnos, sudar y pasarlo bien.

En estos meses de preparación, he descubierto varias cosas que espero aprovechar para los futuros retos.

  1. Aumentar el plazo de preparación. Si me propongo otro reto de participar en un Maratón (todavía no lo tengo claro, os lo contaré la semana próxima), tengo que aumentar el plazo de preparación. Siempre surgen imprevistos (catarros, trabajo, familia, etc.), así que es mejor ser previsor.
  2. Rozaduras. Tengo que aprender a cuidar de las rozaduras antes de que éstas pongan algunas partes de mi cuerpo en carne viva. La vaselina, que me ha ayudado en sesiones de unos 10km, se ha demostrado insuficiente en las tiradas más largas. De momento, ya me he hecho con unos parches que me están dando mejores resultados.
  3. Peso. No puedo esperar en bajar de peso sólo corriendo. He aprendido que es necesario someterse a una dieta apropiada para bajar mi peso que, a todas luces, no es el apropiado para un corredor de fondo.
  4. Zapatillas. Me encantan las New Balance, sobre todo mi modelo actual (NB 760), pero he descubierto que los nuevos modelos que, a priori, se adaptan a mis necesidades (pronación, peso elevado, necesidad de estabilidad), son un poco caras. A ver si pruebo otras marcas un poco más accesibles.
Hoy tocará el último entrenamiento y supongo que me dedicaré en hacer la sesión de 10x1km, sin mirar mucho al reloj. Más que nada, utilizaré esta sesión para quitar una de esas casillas rojas de mi Plan de Entrenamiento y motivarme un poco más.
Mañana viernes, con mi mujer, nos iremos a Vitoria en coche. Ya tengo hecha la reserva desde hace tiempo para el Hotel y me he apuntado al rodaje previo del sábado, aunque en el evento del Facebook, estamos apuntados 5 personas.
Tengo intención de nombrar a mi mujer como tuitera oficial a través de mi cuenta de @2011run4free. Pero no aseguro nada, entre los nervios y el aburrimiento de esperarme a la meta más de 4 horas, es posible que desista del intento.
Nos vemos en Vitoria.